"Con grandes candelas y luces”: el culto cimarrón a una virgen
En pleno siglo XVII, cuando Cartagena era el principal puerto esclavista del Caribe hispano, una Virgen morena comenzó a aparecerse estratégicamente a hombres negros: cimarrones fugitivos, bozales recién desembarcados, tripulaciones negreras al borde del naufragio que vieron cómo los milagros de la Virgen de la Candelaria eran un rudimento de control y, al tiempo, de rebelión.
POR Javier Ortiz Cassiani
Procesión de la Virgen de la Candelaria en Cartagena de Indias (1922). ©Wikimedia Commons
A cualquiera no se le aparece la Virgen. La Virgen tampoco aparece por cualquier motivo.
Una tarde, entre 1617 y 1622 (la fe no necesita precisión cronológica), dos hombres negros cimarrones subían azarados la empinada colina del cerro de La Popa, cerca de Cartagena de Indias. Llegaron a la cima y se postraron frente al altar mayor de la iglesia del convento de los frailes agustinos, todavía en construcción, y no quisieron moverse del lugar. Se quedaron ahí, gesticulando y hablando de manera atropellada, pero ninguno de los más de veinticinco negros de varias naciones africanas que estaban allí como esclavizados podía entender su lengua. Fue necesario traer a un hombre que trabajaba al pie del cerro, después de que algunos lo identificaran como de la misma etnia de los cimarrones, para que hiciera las veces de traductor.
Con su ayuda, los agustinos pudieron enterarse de lo que los cimarrones querían comunicar. Eran parte de un grupo de doce negros bozales que, aproximadamente veinte años atrás, a los pocos días de haber sido desembarcados en el puerto de Cartagena, se fugaron. Hicieron una larga travesía, cruzaron como pudieron el río Magdalena y se internaron en los terrenos de su margen derecha. Durante ese tiempo emprendieron varias escaramuzas contra indios belicosos, y en una de esas murieron diez de ellos; los dos que sobrevivieron, y que ahora relataban su odisea, se sintieron desconsolados y se preguntaron por su destino. Contaron que en medio del desespero vieron a una mujer que les dijo: “Id a mi casa a trabajar que sois míos, venid conmigo”. La siguieron. La mujer les mostraba los caminos, les decía cómo cruzar los ríos. En ocasiones desaparecía, pero cada vez que los cimarrones tenían dudas sobre la ruta, se la encontraban nuevamente esperándolos más adelante para guiarlos. Cuando llegaron a un lugar desde el que se podía ver el cerro de La Popa con su convento, les dijo: “Veis allí mi casa, id a ella por aquí derecho por este camino ancho y llegando allí subíos arriba que allí es mi casa donde habéis de servir”. Tomaron el camino hacia el cerro y no volvieron a verla. “Así venimos y llegamos a esta casa que aquella señora dice que es suya, y aquí quiere que estemos”, y con esto finalizaron el relato. Una vez traducidas estas últimas palabras, el prior del convento puso velas en el altar, corrió las cortinas que cubrían la imagen de la Virgen de la Candelaria, y los dos cimarrones sobresaltados dijeron que aquella era la misma mujer que “les había hablado tantas veces en el arcabuco y en los caminos, que la conocían muy bien, que aquella era su cara”.
Esta aparición mariana la consignó el fraile agustino Antonio de la Calancha en el capítulo xxxvi del primer tomo del libro tercero de la Corónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú, publicada en Barcelona en 1638. Calancha nació en la Ciudad de la Plata de la Nueva Toledo, hoy Sucre (Bolivia), y era hijo de una mujer criolla y de un hombre andaluz. Su crónica es producto del encargo de los superiores de la orden, y para escribirla estuvo recorriendo el Virreinato durante varios años observando y recabando testimonios. La parte donde narra lo ocurrido con los dos cimarrones en el cerro de La Popa debió ocurrir entre 1617 y 1622. Durante este período, fray Juan Pecador estuvo al frente de la comunidad de agustinos en el convento y se le reconoce por su liderazgo en la construcción de la edificación con mejores materiales, y por haber generado buenas condiciones para la estadía de los devotos al nuevo culto mariano en la ciudad. Fue precisamente Juan Pecador, como prior del convento, quien se valió del traductor para escuchar la narración. La imagen que descubrió ante los negros bozales era una “pequeña de bulto, morena de rostro, a quien pusieron por nombre la Virgen de la Candelaria” o Virgen de La Popa, instalada en la capilla del convento unos años atrás.
El historiador mexicano Alfonso Mendiola hace rato viene insistiendo en que no se pueden buscar verdades positivistas en las crónicas de conquistas porque estas están inscritas en la lógica del vasallaje y de la salvación cristiana. No funcionan necesariamente como datos históricos en sentido moderno, sino como alegorías, símbolos fundamentados en los códigos de creencias de los lectores y consumidores orales del momento en que fueron escritas. Mendiola considera que, suscritas en el horizonte cultural de la época, “no pretenden frustrar la expectativa de sus lectores, sino cumplirla”. Calancha no se ubica cronológicamente en el período de Conquista; en realidad escribe en el momento en que se está afianzando el modelo político de dominación peninsular de la primera mitad del siglo XVII–su texto es una crónica que debe historiar la presencia y la misión evangelizadora de la orden de San Agustín en el Virreinato del Perú–, pero evidentemente recurre a una retórica al servicio del control, el equilibrio y el orden. Además, ubicado en el horizonte de expectativas de sus posibles lectores, dice en el prólogo que, fundamentado en letrados y santos, ha “aprendido a moralizar la historia”. Su relato, “envuelto en doctrina y moralidades” y en una interpretación providencial de los hechos desde una especie de barroco hispanoamericano, está escrito –él mismo lo señala– para el provecho de los lectores, pues “como dijo Rodolfo Agrícola, no se ha de escribir para entretener, sino para aprovechar”. La Virgen entonces no se le aparece a cualquiera, ni en cualquier momento ni por cualquier motivo, y allí es donde la alegoría tiene a la realidad como cimiento.
El siglo XVII fue el tiempo de más tráfico esclavista en Cartagena de Indias, también el momento de máxima actividad cimarrona en toda la provincia. Fue una época de fugas, levantamientos, formación de palenques, guerras contra los cimarrones y un temor constante sustentado en rumores que circulaban en los mercados, calles, plazas, casas, patios y zaguanes sobre supuestas tomas a la ciudad por parte de los cimarrones apalencados. Que la Virgen se le apareciera a un par de hombres negros cimarrones, que además se habían escapado con otros diez compañeros a los pocos días del desembarco, era apenas natural dentro de la lógica de la fe al servicio del orden –tan lógico como que la Virgen de Guadalupe se le apareciera al indígena Juan Diego–. La Virgen cumplía el papel de refugio y consuelo, pero en esa misión convocaba al orden social y político. Por la misma crónica sabemos que era de público conocimiento en la ciudad que el traficante de los doce negros bozales, una vez buscó todo lo que pudo a los cimarrones sin ningún éxito, había dicho resignado, mientras se embarcaba en otro viaje esclavista: “Madre de Dios, pues que no aparecen estos negros, yo os los doy”. Se entiende entonces que las primeras palabras de la Virgen hacia los cimarrones fueran decirles que pertenecen a ella y que deben ir a trabajar a su casa: “Sois míos”.
Otra aparición de la Virgen de la Candelaria registrada por el cronista también tiene como protagonistas a gente negra. Un barco negrero de tratantes portugueses con destino a Cartagena a punto de naufragar en medio de una tormenta fue encomendado a la Virgen de La Popa con promesas de limosnas. Cuando pasó el vendaval, se corrió la voz de que “la habían visto pasearse por las velas del navío muy resplandeciente”. Algunos días después, uno de los negros bozales que venían en el navío vio un lienzo de la Virgen en la casa de un comerciante y “se hincó de rodillas, y dio de golpes en el pecho”. La fórmula fue la misma que se usó para los cimarrones en la cima de La Popa: “Llamaron a una negra de su casta, y preguntándole por qué hacía aquello, respondió que su carabela había querido hundirse, y que los portugueses llamaron a aquella señora, y ella vino y se puso arriba en lo alto del navío muy hermosa con grandes candelas y luces, y que con sus ojos la había visto muy bien, y por eso le hacía aquella reverencia”.
Hubo, desde el principio, una apuesta para armonizar a través del culto mariano a los esclavistas con los esclavizados. Era natural, entonces, que una de las narraciones con las que se buscaba demostrar el poder de la Virgen y la devoción a ella se refiera al milagro de la salvación de naufragio a un barco repleto de esclavizados, y que luego una de sus “cargas” rememore ese momento postrado ante la imagen. Consonante con lo anterior habría que decir que Jorge Fernández Gramajo, un próspero comerciante portugués residente en Cartagena, quien había hecho su fortuna sobre todo con el tráfico esclavista, al punto de tener corresponsales en Guinea, Angola y Cabo Verde, fue el primero que se ofreció a costear la construcción del convento. Resulta, además, muy sintomático en esta lógica que, dicho por el mismo Calancha, “los más principales y famosos milagros que la Virgen ha hecho han sido en toda la mar del norte, desde España, Angola, Guinea, Brasil y Lisboa”. Es decir, el mapa de los milagros de la Virgen es un calco del mapa de la trata esclavista en los tiempos de la unión de los reinos de España y Portugal.

Facsímil de la Corónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú (1638). © Cortesía del autor
Esto era parte de la lógica del funcionamiento de las instituciones y dispositivos que debían mantener el poder y el orden en una sociedad de castas. Era a la población negra –sobre todo a los bozales recién llegados– a la que había que controlar, acercarlos al culto, y para ello era necesario la invención de un discurso que resaltara su capacidad y voluntad para abrazar la fe católica. Los dos bozales que llegaron aquella tarde fueron bautizados inmediatamente por orden del prior y además se les puso dos padrinos españoles para darle mayor peso al contrato. Bajo la tutela de la Virgen se libera al negro de la condición de idólatra, y es aquí donde se vuelve operativa una retórica de unidad, cohesión y orden a través del culto mariano. Dice mucho que la crónica de Calancha –en su referencia a la construcción del convento y de la devoción a la Virgen de La Popa en Cartagena–, en una ciudad donde la Inquisición había hecho de la persecución a las prácticas religiosas de matriz africana su principal fórmula de acción, relacione la brujería y la idolatría con los indígenas y no mencione a la población negra, a propósito de estos temas. A lo sumo, decía, los negros usaban el cerro de La Popa para hacer carbón y cortar leña que vendían en la ciudad, y algunos forajidos negros visitaban sus grutas y montañas como escondite. En cambio, allí “tenía el demonio su habitación”; el cerro servía para “muchas idolatrías, supersticiones, pactos y diabólicos tratos obrados por aquellos indios idólatras que vivían en la comarca de aquel cerro”. Se juntaban –dice– y “festejaban ofreciendo sus dones, entre otras cosas unos caracolillos”. Todo esto bajo la orientación de Luis Andrea, quien “era el capitán y caudillo de todos los indios” y tenía pacto con el demonio. No se nos olvide, en este juego retórico, que fueron unos “indios de guerra” los que mataron en la margen derecha del río Magdalena a los diez compañeros de los dos cimarrones que una tarde subieron al cerro a rendirle culto a la Virgen.
Hasta aquí podríamos quedarnos, pero la gracia está del otro lado, en una posible lectura cimarrona del culto a la Virgen. ¿Cómo fue posible que la devoción a la Virgen de la Candelaria, un culto mariano que en su promoción oficial primigenia incluía la resignación a la esclavitud, se convirtiera en uno de los referentes de la gente negra en Cartagena de Indias? ¿Acaso es el triunfo en una sola vía del adoctrinamiento religioso y de la resignación de los esclavizados y sus descendientes? La cosa es menos sencilla. La Virgen de la Candelaria también es candela. Fuego y luz que guían y purifican. El negro que se salvó en la travesía trasatlántica la vio levitando entre las velas, “muy hermosa con grandes candelas y luces”. Este fuego y estas luces quizá no guiaban a la resignación de la condición de esclavizados, sino al aprovechamiento de los espacios que se abrían en la supuesta aceptación del culto. No era una aceptación a rajatabla: la celebración coincidía con las fechas del carnaval, y en la licencia que este concede –en la idea del mundo al revés– se construye una cimarronería cultural que se convierte en una forma de libertad en medio de la esclavitud. La fuga, la cimarronería, eran el pecado, y la aceptación del culto redimía de ese pecado, de acuerdo con los propósitos del poder. Pero mientras esto ocurría, en esos mismos escenarios se iban construyendo dinámicas y estrategias cotidianas para asumir y negociar la vida.
Eran días de asueto, en los que los esclavizados –en la lógica de la estrategia de válvula del poder para atemperar la presión de la esclavitud– tenían licencia para reunirse en sus cabildos, subir a La Popa en medio de música y baile, y bajar a la ciudad para seguir por la noche en sus espacios de sociabilidad. Era la construcción de un culto cimarrón propio, en el que no había control oficial, que aparentemente no desafiaba las leyes estructurales, pero en él se apuntalaba buena parte de los elementos para los posteriores ensayos de la libertad.
Cerremos diciendo que, al final, los cimarrones que subieron a La Popa y se hincaron devotos ante la Virgen se escaparon nuevamente. En la misma lógica moral de defensa del orden y la armonía, Antonio de la Calancha atribuye aquello a que fueron engañados por un negro fugitivo diciéndoles “que ya se había acabado [de construir] la iglesia y que el prior los quería vender y hacer esclavos”. Otra interpretación de esta representación podría ser que los esclavizados establecieron su propia relación con el culto que los invitaba a resignarse a la condición a la que los habían sometido. Se pregonaba que la Virgen era “morena de rostro”, como ellos, de modo que podían buscar refugio en ella cuando se sintieron desamparados. La Virgen había dicho que ellos eran de ella, de manera que llegaban a esa casa porque “aquella señora dice que es suya, y aquí quiere que estemos”. En el convento había techo y comida, pero apenas vieron la posibilidad se fugaron: “Y huyéndose nunca más han aparecido”.
ACERCA DEL AUTOR
En 2019, Libros Malpensante publicó El incómodo color de la memoria, una compilación de sus ensayos, columnas y perfiles sobre la raza negra. En 2020 se lanzó una segunda edición aumentada. Es columnista habitual de esta revista.